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(Este relato lo escribí como práctica en la Escuela de Escritores de Madrid, como ejemplo de literatura hiperbólica o disparatada. Espero que os guste).

torreo eifel

Me llamo René y soy el albañil de la torre Eiffel. Nunca pensé que mi profesión me llevara a trabajar para el edificio más alto de Francia. Soy un tipo importante, y no es que aquí haya que poner muchos ladrillos, pero alguien tiene que estar. Fui elegido entre miles de albañiles. Después me enteré que buscaban a alguien que amara la torre como yo la amo. En uno de mis imponentes brazos está esculpida en sangre una imagen de la torre Eiffel. Un hermoso tatuaje que me hizo mi cuñado. 

Aquel día formaba parte de una comitiva de personalidades que encabezaba mi presidente, el presidente de la Francia. Estábamos esperando a Trump. Como yo no era precisamente una personalidad me coloqué el último de la fila. Hacía un día soleado en París.  Estábamos justo debajo de la torre, esperando al amigo americano. A mí me dijeron que yo representaba a Francia. Y dicho así de una forma tan sería, me lo creí. Mi cuñado me hizo un tatuaje con la bandera americana para la ocasión. En el otro brazo. 

El tal Trump estaba dando un garbeo por París y quería antes que nada, subir a la torre Eiffel.  Es un honor para todos los franceses. 

 ¡Qué mañanita más ruidosa! Espera interminable.  Supongo que así recibirían en su día al gran Napoleón, cuando venía de las batallas y cuando la Francia era la Gran Francia. 

Al lomo mío, desfilaban un montón de soldaditos uniformados con guirnaldas en la guerrera, con sus gorras de plato y trompetas. Era para entretenernos. Míster Trump que no llegaba, y mientras tanto todos los militares daban zapatazos a golpes secos de corneta. En una esquina, subidos a un templete de madera, una banda militar formada por otros cuarenta soldados, nos amenizaba la espera, tocando una y otra vez “la marsellesa”. 

Yo miraba a mi izquierda y no podía contener la risa viendo la cara de seriedad que tenían las autoridades. El estruendo de unas motos que se acercaban, agitó al gentío, que zarandeaba sus banderitas pequeñas y grandes, de barras y estrellas; y también de muchas banderas francesas. Los mirones se empujaban unos a otros para ver mejor.  

¡Por fin! Tras los motoristas, aparecieron unas furgonetas. Los motoristas frenaron en seco frente a nosotros, y alguien de la fila dijo en alto: «Preparados, llega el presidente de los Estados Unidos», y justo en ese preciso momento a no sé quién, se le escapo una ruidosa ventosidad. Nadie se movió. Yo no fui, de eso estoy seguro.  Todos me echaban la culpa con sus miradas y alguno me gesticuló reprendiéndome. Qué jeta tienen.  Ellos no tienen nunca culpa de nada.

Delante de mí, se detuvieron unas furgonetas negras, con los cristales negros. De dentro salieron unos gigantes negros, con trajes negros, gafas negras, todo era negro. Estos señores negros hablaban a sus gemelos en la manga, se miraban unos a otros y se hacían señas, todos tenían un cable en la cabeza. Y de pronto salió un señor muy viejo, alto y rubio, con el pelo planchado. Todos gritaban ¡Donal!, ¡Donal!, ¡Donal! 

Había entre el público muchos veteranos de guerra, orgullosos; enfundados en uniformes desgastados, un poco inclinados hacia la izquierda por el peso de las medallas. Saludaban dando taconazos y reverencias con tal euforia, que parecía que les fuese la vida en ello; y yo me preguntaba por qué la gente normal enloquece de vez en cuando. Solo es un ricachón americano, que no va a soltar un euro por ver la Torre Eiffel. Me ha fastidiado mi tranquila mañana y además mi traje me queda peor que al Trump su peluquín.  

Donald, para los amigos, venía directamente hacia mí para saludarme, pero pronto una rubia señora que estaba a su lado le cogió de la manga y le llevó al principio de la fila. Saludó tan efusivamente a nuestro presidente que casi lo tira. Todo fue muy rápido, en un tris, estaba enfrente de mí. Un intérprete le dijo que yo era el albañil de la Torre Eiffel. Entonces me apretó la mano muy fuerte y sentí su anillo en mi mano como si me apretase la yugular. ¡Qué fuerza tiene el muy cabrón! Me hizo daño. Quiso conocer mi nombre a través de su intérprete. René – le dije- Entonces me preguntó que cuando pensaba acabar las obras, que solo veía un andamiaje de hierro en forma de torre, y se río a carcajadas. Quería ser gracioso, pero no lo era. Yo me quedé mudo y entonces me dijo: cuando acabe aquí tiene que venir a América, porque tengo trabajo para usted, René. Dijo que tenía que hacer obras en una casa suya de color blanco o algo así. Y se fue corriendo hacia el ascensor de la torre. 

Luego ya no le vi más, pero si supe más por los periódicos. El americano se asomó al mirador del primer piso de la torre Eiffel, y de pronto, según leí, el viento sopló tan fuerte, que se llevó por delante el pelucón amarillo chillón, bueno, salió volando, aterrizando en el Sena. Entonces el míster americano corrió hacia un negraco, que le guardaba otra peluca de repuesto y se la colocó rápidamente, con maestría, y como no dando importancia a lo que había pasado. 

Los servicios secretos franceses con ayuda de los servicios secretos americanos y las fuerzas especiales, rastrearon el Sena y rescataron la pelucona del amigo americano. Un acto heroico, muy francés. El pelucón lavado, secado y planchado, recuperó su buen estado. Después de lo enviaron a Donald, a su hotel junto con una nota que decía: ¡Viva la France! ¡Dios bendiga América! 

¡Qué bonita es la amistad!