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imagen de la luna

Allí estaba, a las cuatro de la madrugada de una cálida noche de agosto, apoyado contra la pared del patio exterior de su casa, completamente a oscuras bajo la luz de la luna.
Yo estaba bebiendo un whisky en la terraza, tratando de descifrar las incógnitas del mundo, a diez páginas de acabar de leer un relato de Stendahl mientras disfrutaba del noble arte de no hacer absolutamente nada.

Aquel hombre estaba completamente en silencio, tranquilo, simplemente apoyado en la pared de su patio, ligeramente orientado hacia el cielo madrileño que esconde sus estrellas.

Le vi de milagro, él no quería ser visto dado que estaba totalmente a oscuras. Parecía esconderse, desconozco si de sí mismo o del mundo, si es que no es esto la misma cosa. Quizá solo descansaba o puede que reflexionara, desde luego, por su postura, parecía respirar por primera vez en mucho tiempo.

Sin duda estaba huyendo de algo, si no, dígame usted, querido lector, ¿qué lleva a un hombre jubilado a apoyarse en la oscuridad de su patio un sábado por la noche?

Él y su esposa eran nuevos en el barrio, no me habrían llamado la atención de no ser porque él paseaba siempre solo, absorto en sus pensamientos, y por las tardes se le veía junto a ella, los dos meticulosamente arreglados, asistiendo maquinalmente a alguna fiesta. Sin embargo, no podía encontrar ningún vestigio de ilusión en sus miradas.

Sé que me vio aquella noche, sé que sabe que le vi, y por si hubiera alguna duda, me levanté de la silla adrede para comprobar que lo que veían mis ojos era cierto y dirigí mi mirada hacia las tinieblas donde él se encontraba para que supiera que era partícipe de su secreto.

Sé que es cuestión de tiempo que me lo vuelva a encontrar. Cuando nuestras miradas se crucen, trataré de hacerle entender, sin intercambiar una sola palabra, que soy cómplice de aquel momento, porque yo también he tratado de huir de mi existencia más de lo que me gustaría reconocer.

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